7 enero, 2026

SIPSaL: la paradoja del control en el Estado provincial

Fue este martes mediante una conferencia de prensa en Casa de Gobierno.

Mientras Provincia presenta el SIPSaL como una herramienta de control y modernización, la estructura política del Estado sigue creciendo. El sistema refuerza el control sobre la base administrativa mientras preserva amplios márgenes de discrecionalidad en la política.

El gobierno provincial presentó el SIPSaL como una herramienta moderna para cuidar, auditar y controlar la salud laboral de los trabajadores del Estado. Un sistema pensado para monitorear ausencias y licencias bajo la promesa de eficiencia y transparencia. Sin embargo, mientras el foco se posa sobre la base de la pirámide, en los pisos más altos del Estado ocurre exactamente lo contrario: la estructura política no sólo no se reduce, sino que se expande sin el mismo nivel de control, evaluación ni exposición pública.

La creación de nuevos sistemas de seguimiento no es, en sí misma, un problema. El problema aparece cuando ese control se ejerce de manera selectiva. Cuando el mensaje implícito es que el desorden, el gasto o la ineficiencia siempre están abajo, nunca arriba. En ese esquema, el trabajador de carrera es observado, medido y auditado; la política, en cambio, se reproduce.

Bajo la gestión de Maximiliano Pullaro, la planta política provincial creció de manera significativa. Más cargos de confianza, más asesores, más estructuras paralelas a la carrera administrativa. Todo esto mientras se habla de austeridad, orden fiscal y necesidad de “hacer eficiente” el Estado. La paradoja es evidente: se fortalece el control sobre quienes sostienen el funcionamiento cotidiano del Estado, pero se amplía la discrecionalidad en los niveles donde se toman las decisiones.

Esta lógica no es nueva, pero sí cada vez más explícita. En lugar de jerarquizar la carrera administrativa, profesionalizar los equipos técnicos y fortalecer los concursos, se opta por el atajo del nombramiento político. Un camino que puede ser funcional en el corto plazo, pero que erosiona la institucionalidad y debilita al Estado en el largo.

El SIPSaL aparece entonces como una pieza más de un engranaje desigual. No para ordenar el conjunto, sino para reforzar una idea: que el problema del Estado son siempre los mismos. Los que fichan, los que piden licencia, los que cobran sueldos que pierden frente a la inflación. Nunca los que diseñan estructuras, multiplican cargos o toman decisiones sin rendir cuentas.

El problema nunca fue el tamaño del Estado. Lo demuestra una planta política que no dejó de crecer. El verdadero objetivo parece ser otro: señalar al trabajador como el exceso, mientras la creación de cargos en el poder se administra sin discusión.

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