El disco fue publicado en octubre de 1986 y marcó un punto de inflexión en la historia de Los Redondos, con un sonido más experimental y una identidad propia. A 40 años de su lanzamiento, el aniversario llega en el primer octubre sin el Indio Solari.
En 1986 conseguir un disco era otra historia. Había que ir a una disquería, preguntar si había llegado, juntar la plata. Si no alcanzaba, aparecía un amigo con el casete grabado. Una canción podía pasar de mano en mano durante semanas hasta que finalmente llegara a tu casa.
En ese contexto apareció Oktubre.
Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota venía de Gulp!, publicado apenas un año antes. Aquel primer disco ya tenía buena parte de las marcas que después serían reconocibles en la banda: las guitarras de Skay, el saxo de Willy Crook, la voz del Indio y una manera bastante particular de escribir y tocar rock. Pero en Oktubre esas piezas encontraron otra forma de encajar.
El cambio se escucha desde el comienzo.
“Fuegos de Octubre” no entra como una canción más. Abre el disco con una atmósfera pesada, con las guitarras y la voz envueltas en un sonido que parece venir de un lugar cerrado. El uso del reverb terminó siendo una de las características más reconocibles de la grabación y le dio a todo el álbum una profundidad extraña, oscura, casi asfixiante.
Después aparecen “Preso en mi ciudad”, “Música para pastillas”, “Semen-Up” y “Divina TV Führer”. El disco avanza sin buscar que cada tema funcione por separado. Hay una lógica entre ellos, un clima que se mantiene incluso cuando cambia el ritmo.
Ahí está una de las diferencias importantes con Gulp!: Oktubre se siente pensado como un disco completo.
“Motor Psico” es quizá el mejor ejemplo. La guitarra de Skay convive con la batería electrónica de Claudio Fernández y los teclados de Daniel Melero, mientras el saxo de Willy Crook aparece integrado a ese paisaje sonoro. Los Redondos se alejaban así del rock tradicional y empezaban a jugar con otras texturas: máquinas, teclados, guitarras procesadas y sonidos que le daban al disco una atmósfera mecánica, extraña, por momentos casi artificial. La voz del Indio se mueve encima de todo eso, con una letra que tampoco entrega una interpretación cerrada.
Las letras iban por otro lado.
El Indio trabajaba con imágenes, personajes, frases y asociaciones que no necesariamente seguían una historia. Muchas veces una canción parecía abrir más preguntas de las que respondía. Había palabras que quedaban resonando, escenas difíciles de ubicar y versos que admitían más de una lectura. Por eso Oktubre pedía una escucha completa.
Y también había que mirarlo.
La tapa de Rocambole no es simplemente una ilustración para acompañar las canciones. El rojo, el negro, las multitudes, la referencia a las revoluciones y esa B invertida construían otro nivel de lectura. Música, letras e imagen iban en la misma dirección. Rocambole incluso ha contado que con Los Redondos buscaban construir una obra integral, donde lo visual tuviera el mismo peso que lo musical.

Todo eso ocurría en una Argentina que llevaba apenas tres años de democracia. El rock estaba cambiando, también. El circuito under seguía siendo importante, pero empezaban a crecer los grandes escenarios, las radios especializadas, los medios dedicados al rock y una industria que empezaba a mirar de otra manera a ese público. En ese escenario, Los Redondos todavía conservaban algo de aquella lógica de banda de culto, pero Oktubre ya mostraba que ahí había algo mucho más grande.
Los recitales de presentación en Paladium y el Parakultural marcaron justamente ese momento de crecimiento. Claudio Fernández, que participó en la grabación, recordó años después el impacto de tocar ante públicos mucho más grandes de los que estaba acostumbrado.
Después vino “Jijiji”.
La canción terminó teniendo una vida propia dentro del ritual ricotero y su pogo se convirtió en una de las imágenes más reconocibles asociadas a Los Redondos. Pero reducir Oktubre a ese momento sería perder justamente lo más interesante del disco. “Jijiji” funciona porque llega después de todo lo que el álbum fue construyendo.
Primero está el clima.
Después, el golpe.
Eso explica bastante mejor qué pasó con Oktubre.
No fue solamente el segundo disco de Los Redondos ni el álbum que los acercó a un público cada vez mayor. Fue el momento en que la banda terminó de encontrar una forma propia de combinar guitarras, máquinas, saxo, teclados, letras e imagen. Una identidad que no dependía de parecerse a nadie.
En 1986 eso tenía un valor especial. En una escena donde distintas bandas estaban buscando su lugar, Los Redondos estaban haciendo otra cosa: podían tomar elementos del post-punk, del rock, de la psicodelia, del sonido experimental y de la cultura gráfica, pero el resultado no sonaba como una suma de influencias. Sonaba a Los Redondos.
Cuarenta años después, volver a Oktubre permite escuchar algo más que un disco emblemático. Permite volver a ese momento en que la banda encontró una manera propia de mezclar rock, experimentación, letras crípticas e imágenes que terminaron formando un universo reconocible.
Este octubre tiene una diferencia imposible de ignorar.
El Indio Solari murió el 5 de junio de 2026, a los 77 años.
Es el primer octubre desde 1986 que llega sin él.
Y quizás por eso, volver a escuchar Oktubre este año también es volver a escuchar una parte de aquella banda que empezó a encontrar ahí su propia voz.
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