24 marzo, 2026

A 50 años del golpe: memoria, democracia y debates que siguen abiertos

La Junta Militar que tomó el poder el 24 de marzo de 1976 e inició la última dictadura en la Argentina.

Por Santoto Digital

A 50 años, la conmemoración del 24 de marzo refleja tanto los consensos construidos como las tensiones que persisten en la política argentina.

Este 24 de marzo se cumplen 50 años del Golpe de Estado del 24 de marzo de 1976, que dio inicio a la última dictadura militar en el país. No se trata de un episodio más dentro de la historia argentina, sino de uno de sus momentos más oscuros: un plan sistemático de represión ilegal desde el propio Estado, con miles de personas desaparecidas, perseguidas, detenidas y despojadas de sus derechos más básicos.

Ese punto no admite discusión.

Durante esos años, el Estado dejó de ser garante de derechos para convertirse en su principal violador. Centros clandestinos de detención, censura, exilio y miedo marcaron una etapa que todavía proyecta consecuencias en la vida institucional y social del país.

El retorno de la democracia en 1983 abrió un camino complejo, atravesado por avances y retrocesos, pero que tuvo hitos decisivos como el Juicio a las Juntas. A partir de entonces, la construcción de memoria, verdad y justicia se convirtió en una política sostenida en el tiempo, con el objetivo de establecer responsabilidades y dejar en claro un límite: el terrorismo de Estado no puede tener lugar en una sociedad democrática.

Ese consenso, que costó décadas consolidar, es hoy uno de los pilares más importantes de la vida pública argentina.

Sin embargo, a 50 años, la conmemoración del 24 de marzo no ocurre en el vacío. Llega en un contexto donde el pasado reciente vuelve a ser objeto de discusión, reinterpretaciones y disputas políticas que, en algunos casos, tensionan acuerdos que parecían firmes.

Frente a eso, la memoria no puede ser neutral.

Recordar implica asumir una posición frente a lo ocurrido. No se trata de repetir consignas, sino de sostener con claridad que hubo un quiebre institucional y un aparato represivo que actuó por fuera de la ley, con consecuencias humanas irreparables.

Pero también implica algo más: entender que la democracia no se agota en la condena del pasado. Se construye todos los días, en la vigencia de los derechos, en la calidad del debate público y en la capacidad de sostener acuerdos básicos incluso en contextos de tensión.

En todo el país, como cada año, habrá marchas, actos y actividades que volverán a poner en el centro la memoria colectiva. No como un ejercicio nostálgico, sino como una forma de reafirmar un límite y, al mismo tiempo, de interpelar el presente.

A medio siglo del golpe, la Argentina no solo recuerda lo que pasó. También se enfrenta a la responsabilidad de decidir qué hace hoy con esa historia. Porque hay heridas que no se cierran con el paso del tiempo, sino con la forma en que una sociedad elige recordarlas y, sobre todo, con la manera en que decide no repetirlas.

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