CLAVES DE LA REFORMA ELECTORAL | Santoto Digital
El proyecto impulsado por la UCR en la Legislatura santafesina mantiene la Boleta Única, pero reincorpora mecanismos que reabren el debate sobre el efecto arrastre y hacen reaparecer el fantasma de la lista sábana.
Las reglas electorales nunca son completamente neutrales. Cada modificación altera los incentivos del sistema, redefine el equilibrio entre oficialismo y oposición y termina produciendo ganadores y perdedores. Por eso, las reformas no deben analizarse únicamente por el contenido de sus artículos, sino también por los efectos políticos que pueden generar. La pregunta nunca es solamente qué cambia una ley, sino a quién beneficia y por qué.
Desde esa perspectiva, el proyecto de reforma electoral impulsado por el radicalismo santafesino merece una lectura política.
La iniciativa no elimina la Boleta Única. Tampoco propone regresar al antiguo sistema de lista sábana. Sin embargo, incorpora dentro de la Boleta Única uno de los rasgos más característicos de aquel modelo: la posibilidad de votar varias categorías con una sola marca y, con ello, volver a potenciar el efecto arrastre.
El proyecto reorganiza la Boleta Única agrupando en una misma papeleta las categorías de gobernador, vicegobernador, senador y diputados provinciales, y en otra las de intendente y concejales. A eso se suma el artículo 88, que incorpora un casillero para votar todas las candidaturas de una misma agrupación política con una sola marca.
La consecuencia política de esa modificación es evidente: Santa Fe pasaría a tener un sistema híbrido. La Boleta Única seguiría existiendo como instrumento de votación, pero conviviría con un mecanismo propio de la vieja lista sábana, que la provincia había dejado atrás hace más de una década cuando decidió privilegiar el voto por categorías.
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No se trata de un cambio meramente gráfico. Cambia la lógica con la que fue concebido el sistema. La Boleta Única nació para que cada categoría representara una decisión independiente del elector, reduciendo la posibilidad de que una candidatura fuerte arrastrara al resto de la lista. Con la reforma, esa lógica se modifica: el ciudadano seguirá pudiendo elegir categoría por categoría, pero también tendrá la opción de respaldar con una sola marca a todos los candidatos de una misma fuerza política.
Durante años, ese modelo permitió que muchos electores combinaran candidatos de distintos espacios y obligó a legisladores, senadores, intendentes y concejales a construir identidad propia. Al mismo tiempo, también generó críticas. Para algunos, debilitó a los partidos políticos como organizadores de la representación, favoreció las candidaturas personalistas y permitió que figuras con alta exposición pública —periodistas, conductores, deportistas o celebridades— compitieran con ventaja frente a dirigentes con mayor trayectoria partidaria.

Ese es un debate legítimo. La pregunta es si la respuesta elegida por el oficialismo corrige esos problemas o si, al hacerlo, recupera un mecanismo que históricamente fortaleció el peso de las estructuras partidarias y de las candidaturas con mayor nivel de conocimiento.
Porque cuando el sistema vuelve a incentivar el voto conjunto, también recupera el efecto arrastre. Y cuando existe efecto arrastre, quienes suelen partir con ventaja son las fuerzas políticas con mayor instalación, mayor capacidad territorial y candidatos de alta visibilidad. No significa que una elección quede definida de antemano, pero sí que las reglas modifican las condiciones en las que esa competencia se desarrolla.
Las reformas electorales nunca son inocentes porque modifican la manera en que se construye el poder. El proyecto del gobierno no cambia únicamente el diseño de la boleta: recupera un mecanismo que Santa Fe había descartado para reducir el efecto arrastre entre categorías. La discusión de fondo, entonces, no es técnica. Es política. Y consiste en definir si ese cambio mejora la representación democrática o vuelve a fortalecer una lógica que la provincia había decidido superar.
